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Recientemente algunas editoriales mexicanas han retomado (o rescatado) la obra de Ulises Carrión (1941-1989). Entre ellas, que yo tenga noticia, se encuentran Taller Ditoria, Ediciones Hungría y, ahora, en su colección Anómalos, Tumbona, con la recopilación de textos El arte nuevo de hacer libros. El título (que formará parte de un “archivo” en el que también se incluirá una revisión de su obra de arte por correo –a mediados de los sesenta, Carrión se vinculó con el grupo Fluxus–, sus libros de artista –o, como prefirió, “libros obra”– y sus videos) fue editado por su albacea Juan J. Agius y traducido por Heriberto Yépez, quien ofrece, por decir lo menos, una entusiasta introducción: «El resurgimiento de Carrión –en realidad, su primera aparición plena– no sólo provocará que se reescriba la historia de la literatura, el arte y el experimentalismo en México e Iberoamérica, sino también la literatura, el arte y el experimentalismo en Estados Unidos y Europa…».

 

 

La figura de Carrión es atractiva (un artista mexicano, un escritor marginal, “raro”, poco conocido pero que tuvo propuestas vanguardistas que no pudieron ser contenidas por la literatura…) y permite comprender a la vanguardia como tradición. Es decir, apuntar que las preguntas o insistencias formales en una disciplina artística no deben ser, necesariamente, nuevas pero siempre pueden ofrecer algo nuevo. Esta entrevista, donde se aborda su obra artística, y este perfil, que ayuda a verlo como un escritor que logró desmarcarse de su entorno, hacen más comprensible su atractivo.

 

Además de imágenes documentales, el libro incluye varios textos, como las tesis “El arte nuevo de hacer libros”, la conferencia “Autonomía crítica del artista”, el esquemático ensayo “Obras-libro revisitadas”, el texto “¡Hemos ganados! ¿No es así?”, que retoma algunas de las tesis de “El arte nuevo…”; el texto “Acerca de la crítica”; “Otros libros”, que acompañó la proyección de uno de sus videos; la transcripción de una charla, “Libros comunes, obras-libro y libros de artista: semejanzas y diferencias”; y un “catálogo razonado” de su obra.

 

“El arte nuevo de hacer libros”, aunque extraña por algunas de sus oposiciones (el “arte divertido” contra el “arte aburrido”[1]; el “arte viejo” contra el “arte nuevo”…) incluye algunas tesis interesantes (“El plagio es el punto de partida de la actividad creadora en el arte nuevo”), muchas de las cuales serían seminales –en otros de sus textos, volvería, insistentemente a ellas. Algunas otras son, en un buen sentido, provocadoras (ataca especialmente la idea de una narrativa novelística “en la que no pasa nada”, aunque da por descontado que difícilmente algo pueda ocurrir en un libro “viejo”), aunque a menudo, creo, da por sentado que toda literatura tiene como objeto principal “comunicar”. Así, creo, es inevitable que llegue a declaraciones como estas:

 

«Todavía hay, y siempre habrá, gente a la que le gusta leer novelas. También habrá siempre gente a la que le guste jugar ajedrez, o contar chismes, o bailar mambo, o comer fresas con crema».

 

«Creo que los libros desaparecerán. Al menos desaparecerán tal como los conocemos ahora. Y esto no me apena especialmente; creo que esto es bastante normal. Ya sabemos, por ejemplo, nosotros desapareceremos, ¿por qué no habrían de desaparecer los libros?»

 

«En otras palabras, no creo que por principio tengamos que defender estas cosas. Si los libros han de desaparecer es porque otras cosas tomarán el papel que habían desempeñado en nuestra cultura. Eso puede que sea mejor o peor, pero eso corresponde a nuestra época de una manera más… se acomoda mejor a nuestra época que los libros».

 

Son provocaciones interesantes que se siguen planteando como preguntas (un ejemplo reciente y cercano es la exposición curada por Analía Solomonoff en el Centro Cultural España). El libro, ¿debe entenderse como un artefacto, un contenedor de un tipo de lenguaje? ¿Tiene la posibilidad para ser otra cosa? ¿Es la literatura apenas algo que se vierte en uno? ¿Es obsoleto? Una biblioteca, ¿da algo más que prestigio y, por tanto, poder[2]? Etcétera.

 

 

El libro editado por Tumbona ayuda a establecer las coordenadas en las que se movió Carrión (es muy preciso) pero para comprender mejor el tipo de propuestas que pudieron desprenderse de sus tesis, la edición de la “camisa-libro” de editorial Hungría es especialmente atractiva. Ideada por Santiago da Silva, en esta camisa se encuentran las tesis de Carrión para el “nuevo arte hacer libros”, enfundando un libro “viejo” (en la edición que yo tengo se trata de Muerte en el Nilo de Agatha Christie, una novela con varios de los “vicios” del “arte viejo”: trama, resolución, personajes, un lenguaje que comunica con plena legibilidad, incluso una guía para el lector). Ocurre, así, algo extraño: la novela resulta apenas un pretexto para la camisa, y sí, resulta un texto, a pesar de su legibilidad, ilegible, pesado, aburrido. Y es en ese extrañamiento que las intenciones de Carrión cobran vida e interés.

 


[1] Evidentemente si leemos con caridad a Carreón, con aburrido quiere decir algo similar a convencional o conservador (y debemos pasar por alto que lo divertido también puede ser convencional…). El problema con estos opuestos es que en ellos puede deslizarse la confusión de entender por aburrido algo difícil (como leer el Ulises de Joyce, por ejemplo; un libro viejo donde, en cierto sentido, “pasa poco” pero con el que, como querría más tarde Carrión, Joyce logró no describir un mundo, sino añadir un objeto al mundo; algo, por lo demás, que se consiguió desde el texto).

 

[2] Es reveladora la ambigua posición que tenía Carrión sobre las instituciones culturales. Durante una sesión de preguntas tras la presentación de su video Tv Tonight, Carrión afirmó: “Si vamos a una galería, consideraríamos automáticamente el video como una obra de arte. No digo que sea bueno estoy diciendo que es una obra de arte. Y luego juzgaría si es bueno o malo, o interesante o equis”.

 

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