16 de agosto de 2017

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Criaturas del fascismo

Hace cien años la humanidad descubrió a su mayor enemigo: seres gigantescos de apariencia humanoide emergieron y comenzaron a devorar humanos. Los sobrevivientes se ocultan detrás de tres muros: María, Rose y Sina, que a grandes rasgos corresponden con la constitución social. Los habitantes de María son principalmente campesinos, los de Rose burgueses y detrás […]

Víctor Altamirano | miércoles, 18 de marzo de 2015

Hace cien años la humanidad descubrió a su mayor enemigo: seres gigantescos de apariencia humanoide emergieron y comenzaron a devorar humanos. Los sobrevivientes se ocultan detrás de tres muros: María, Rose y Sina, que a grandes rasgos corresponden con la constitución social. Los habitantes de María son principalmente campesinos, los de Rose burgueses y detrás de Sina vive la nobleza. Así, entre más externo el muro, menos poder tienen sus habitantes. Un día cae un rayo afuera de María y un titán gigantesco, al que darán el nombre de Coloso, aparece, destruye el muro y permite la entrada de más titanes. Los humanos deben replegarse tras Rose. Ésta es la premisa de Attack on Titan, el fenómeno multimediático más grande de Japón desde Death Note.


Attack on Titan pertenece a una larga tradición en la animación japonesa que explora temas complejos con narraciones de género (en este caso la fantasía), en la que se cuentan Akira, Neon Genesis Evangelion, Ghost in the Shell y la ya mencionada Death Note, por mencionar sólo algunas de las más conocidas en Occidente.

 

La frase con que inician los primeros episodios de esta serie marca su tono: «¿Son la presa? No, somos los cazadores». Los personajes de la serie se dividen en dos tipos, aquellos que sólo buscan una vida sencilla, llena de comodidades, y quienes están hartos de comportarse como ganado y quieren acabar con los titanes. Si bien en un inicio pareciera obvio que la relación entre la presa y el cazador hace referencia a la convivencia nada pacífica entre titanes y humanos, conforme la historia se desarrolla la frase adquiere nuevos matices, y la política comienza a tener un papel más importante que el de los titanes mismos.

 

Los monstruos de esta serie tienen un pariente muy cercano en el terror occidental: los zombis de George A. Romero. Como ellos, viven para ingerir, son una metáfora del consumismo exacerbado del capitalismo tardío. Seres sin razonamiento que actúan por mero instinto, seres que alguna vez fueron humanos, seres reducidos al consumo infructuoso. Los titanes carecen de un sistema digestivo completo, y una vez que han terminado de englutir deben vomitar los restos de los humanos; además, no tienen manera de reproducirse, sexuada o asexuada (la contagiosa mordida de ultratumba carece de paralelo en el mundo de Attack on Titan). Una diferencia más separa al universo de Romero del creado por Hajime Isayama. Mientras que en las películas del cineasta estadunidense el individuo, desnudo de sociedad, se enfrenta al ataque de las masas consumistas, en el universo multimediático de Isayama es el individuo inserto en una institución quien lo hace. Los personajes de Attack on Titan no sólo forman parte de una sociedad constituida, son parte de una de sus instituciones más normadas: el ejército.

 

El protagonista de la serie, Eren Jäger, tiene una fascinación militarista aun antes de la aparición del titán coloso, que desata la destrucción de su aldea y cobra la vida de su madre. Él y su mejor amigo, Armin Arlert, un niño tímido y miedoso con una capacidad deductiva sorprendente, fantasean con unirse al escuadrón expedicionario (uno de los tres regimientos del ejército) para recuperar territorio de las fauces de los titanes; todo esto ante el escarnio de Mikasa Ackerman, la última “oriental” humana, quien vive con la familia de Eren después de que sus padres fueran asesinados por esclavistas que intentaban venderla en el mercado negro.

 

Cuando nos enfrentamos por primera vez a la sociedad humana en el mundo postitanes, la milicia sufre de un gran desprestigio: las expediciones al exterior se consideran un gasto innecesario de impuestos que sólo proporciona alimento al enemigo, las guarniciones militares están llenas de apostadores y borrachos y la policía militar sólo protege a los nobles que habitan en Sina. Casi todo esto cambia después del ataque de los titanes, se refuerza la posición del ejército en la sociedad, sus miembros adquieren una nueva razón para actuar y los nuevos cadetes ya no se consideran suicidas; su muerte se ha convertido en un precio necesario para el mantenimiento de la sociedad.

 

Así se crea un Estado militar unificado contra un enemigo –real en este caso, aunque en nuestro mundo muchas veces puede ser imaginario. Es lo que sucedió en Estados Unidos después de los ataques del 11 de septiembre, es lo ocurrido en Alemania ante la “cuestión judía” y, aún más cercano al universo narrativo de Attack on Titan, es el fascismo japonés de la segunda Guerra Mundial. El militarismo de la serie tiene indudablemente una cepa fascista. Algo que se volvió aún más patente cuando Isayama reconoció haber modelado a Dot Pixis a partir de Yoshifuru Akiyama, un general del ejercito imperial japonés a quien se ha vinculado con la masacre de Port Arthur, durante la guerra sino-japonesa.

 

Dot Pixis es un personaje particularmente problemático en la visión ética de la serie. Líder de toda la sección sur de la sociedad intramuros, ante la escasez de recursos ocasionada por la pérdida de un tercio del territorio decide enviar a veinte por ciento de la población en un ataque suicida en contra de los titanes. Cuando Dot Pixis revela esta información a Eren lo hace con cierto orgullo, y es una de las primeras confirmaciones de la sabiduría del ejército, así como de la necesidad de sacrificar vidas en la batalla contra los titanes. Aún más problemático es el hecho de que quienes fueron enviados a su muerte eran campesinos, miembros de la clase más baja, y que esto se hizo, en buena medida, para defender el bienestar de la clase gobernante, una nobleza que se precia de decir que las vidas que ocupan el espacio detrás del muro Rose no valen tanto como las que ocupan Sina.

 

Eren se enfrenta en repetidas ocasiones a este otro que sabe, encarnado en diversos personajes de la milicia. La primera llega temprano en su instrucción militar, el maltrato del entrenador se considera necesario para limpiar al ejército de aquellos que no son aptos. Luego está Dot Pixis y más adelante los oficiales del escuadrón expedicionario, quienes continuamente lo conminan a confiar en ellos por sobre su voluntad, a ceder su voluntad a la voluntad general del ejército, aún cuando en ocasiones aceptan desconocer el alcance de sus acciones. Eren, así, se encuentra en una posición fragmentada característica de la instrucción ideológica: aceptar, por sobre su propio análisis, las instrucciones con una confianza ciega en la existencia de un bien mayor, aún cuando los representantes de este mensaje, aquellos que deberían conocer ese bien mayor y quienes profieren las instrucciones, desconozcan la razón de sus actos.

 

El éxito de Attack on Titan resulta interesante en un Japón cuya derecha tiene más probabilidades que nunca de cambiar el artículo 9º de su constitución, mismo que declara: «El pueblo japonés renuncia para siempre a la guerra como derecho soberano de la nación y a la amenaza o al uso de la fuerza como medio de solución en disputas internacionales». De acuerdo con el reportaje “Japón contra el Estado Islámico”, transmitido por Vice News, la derecha japonesa ha intentado cambiar este artículo desde hace sesenta años, recientemente con el apoyo de los yakuza; el asesinato de periodistas japoneses a manos del Estado Islámico a principios de este año le ha dado mayor peso al movimiento. Lo que no implica un apoyo de facto del pueblo, al contrario: la izquierda japonesa ha organizado protestas masivas en muchas ciudades de la nación insular, pero no parecen hacer mella en su clase política. La postura de la derecha expuesta en el reportaje es particularmente extraña, pues a la vez que utilizan a los periodistas como bandera de su movimiento se rehúsan a reconocerlos como conciudadanos japoneses porque no pertenecían a su clase y porque “ellos se lo buscaron”.

 

Attack on Titan puede leerse como un llamado militarista. Una parábola de un Japón doblemente sometido, por su clase política y por el mundo exterior, que debe rearmarse y confiar en la sabiduría del ejército y del samurái –como quería Yukio Mishima– para reconstituir su propia dignidad. Una parábola que ha logrado crear un imperio mediático que incluye un manga, que se publica en ediciones de más de dos millones de ejemplares, una temporada de anime (la segunda se estrenará en 2016), una colección de novelas ligeras, cuatro videojuegos, dos películas de acción en vivo (en producción), un comercial de Subaru y una línea de hamburguesas de Lotteria L, una cadena de comida rápida japonesa, por mencionar sólo algunos de los más directamente relacionados. Con el éxito de la extrema derecha en las elecciones parlamentarias europeas, podemos decir que el fascismo tiene un nuevo aliento en el viejo continente; pareciera que también en Japón está adquiriendo nuevos bríos, aunque por el momento sea sólo como narración fantástica.

 

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