16 de agosto de 2017

La Tempestad

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Literatura

Un planisferio literario

En uno de sus ensayos más célebres, “El narrador” (1936), Walter Benjamin expresó su consternación ante lo que percibía como el fin del arte de la narración. El pensador alemán lo asociaba a la devaluación de la experiencia y, en consecuencia, a una creciente incapacidad para comunicarla: echaba en falta, antes que la capacidad narrativa, […]

Nicolás Cabral | lunes, 30 de marzo de 2015

En uno de sus ensayos más célebres, “El narrador” (1936), Walter Benjamin expresó su consternación ante lo que percibía como el fin del arte de la narración. El pensador alemán lo asociaba a la devaluación de la experiencia y, en consecuencia, a una creciente incapacidad para comunicarla: echaba en falta, antes que la capacidad narrativa, la destreza fabuladora procedente de la tradición oral. Es decir, la épica. Conviene recordar, sin embargo, que ya en el Flaubert tardío –que aspiraba a escribir una novela acerca de nada– la ficción había comenzado a mirar con sospecha sus materiales, para ocuparse con determinación de sus procedimientos. Este camino iniciado con Bouvard y Pécuchet (1881), y que en la poesía tuvo su detonante en Mallarmé y Una tirada de dados (1897), desembocó en las vanguardias del siglo XX. Es decir, en una escritura crítica con su vehículo: el lenguaje.

 

El planisferio de Morgius Cancri (FCE, 2014), de Ignacio Díaz de la Serna, invita a revisitar algunas ideas de Walter Benjamin con respecto a la narración. En el aviso inaugural del libro se nos dice que dudemos: se habla de un planisferio, se alude a una enciclopedia universal, pero no hay garantías de que lo que tenemos entre las manos sea algo parecido. Se desliza, sin embargo, algo cercano a una certeza: es una Máquina de Fabular. Ésa es la clave: la fabulación por encima de la narración, como prefería el Benjamin lector de ficciones. No una Máquina de Narrar, que implicaría relatos que se miran a sí mismos y en ocasiones se niegan como tales, sino una Máquina de Fabular, territorio mental donde todo ocurre según una lógica determinada, que sólo ocasionalmente tiene puntos de contacto con aquello que, sin demasiadas convicciones, llamamos realidad.

 

Los textos de El planisferio de Morgius Cancri, como antes la novela Los acordes esféricos (Era, 2005), parecen gozar con su aparente anacronismo. Casi todo lo que ocurre en los relatos tiene o parece tener lugar en el pasado, y el lenguaje, con su sorprendente mezcla de registros, se empeña en producir esa sensación, pero un humor feroz desestabiliza la lectura de manera constante. ¿Son reales estos personajes? ¿Son imaginarios? ¿Son personajes reales llevando vidas imaginarias? Importa poco: se trata de un verdadero planisferio; coloca en las dos dimensiones de la página la redondez de un universo narrativo férreamente personal.

 

Hay una posible genealogía de este libro, una tradición que se remonta a las Vidas imaginarias (1896) de Marcel Schwob y que entre nosotros se extiende en títulos como Retratos reales e imaginarios (1920), de Alfonso Reyes; Historia universal de la infamia (1935), de Jorge Luis Borges; La sinagoga de los iconoclastas (1972), de J.R. Wilcock, o La literatura nazi en América (1996), de Roberto Bolaño. En El planisferio de Morgius Cancri el principal ascendente es, de manera reconocida, Borges, pero se trata de un libro de temperamento distinto: carece del ánimo pudoroso del argentino, y apela a la carcajada antes que a la sonrisa.

 

Para quien ha leído Los acordes esféricos –novela ambientada en el siglo XVIII, escrita en forma de un diario comentado, el de Ireneo Díaz, que permite a su autor pasearse por un Madrid imaginario que sin embargo conoce muy bien–, la lectura de El planisferio de Morgius Cancri significa reencontrarse con un mundo y, especialmente, con unos personajes. Volvemos a saber de Nereus, herborista formado en Basilea, habitante de Noriamula; Carlos III, emperador español y Gran Onán; Joseph Townsend, mejor conocido como Fucking Joseph, reverendo inglés, autor de Viaje por los reinos de España y Francia; sor Hierónima, devota de Cristo violentada por Satanás; Ireneo el Beato, oriundo de la península de Anatolia, autor del Evangelio del nómada y patrono de la bilis; Cunqueiro, no el escritor gallego del mismo apellido –uno de los referentes de Díaz de la Serna, junto a autores como Italo Calvino o Roberto Calasso– sino el barquero que controlaba a las bestias con su mirada, y que tuvo contacto con una diablesa. Casi todos ellos se cruzan en su camino con la persona o la obra de Belcebú (o Lucifer o Satanás, según se prefiera), el personaje del Antiguo Testamento del que aquí se ofrecen nuevas aventuras. El Planisferio es una reescritura, en formato enciclopédico, de la anterior obra narrativa de su autor.

 

Ignacio Díaz de la Serna (México DF, 1955), el ensayista sutil, el difusor más sofisticado de la obra de Bataille en México, el poeta retirado (Los bufones celestiales, 1994), el experto en los ideales republicanos de los Padres Fundadores de los Estados Unidos, parece sentir la necesidad de construir alter egos cuando se dispone a escribir ficciones. En Los acordes esféricos se trató de Irineo Díaz, nativo de la Nueva España que viaja a la Vieja España en tiempos de la Ilustración, una Ilustración que en la península ibérica, al menos dentro de esta ficción, se parece bastante al oscurantismo. Muchas de las escenas de la novela hacen pensar en El aquelarre (1798) de Goya. Ocurre lo mismo con este Planisferio, esta vez firmado por Morgius Cancri, del que se conocen pocos detalles: es un seudónimo, le gusta el filete de res a la pimienta, de niño soñó con nubes del Océano Índico, tocaba “La cumparsita” en el acordeón y se ocupó varios años en la escritura de este libro.

 

Volvamos a la idea inicial: en este libro lo que se busca es fabular, recuperar el arte –perdido, según Benjamin– de contar historias. No es una empresa fácil, no dentro de lo que Nathalie Sarraute ha llamado la Era del Recelo, y que aquí es bautizada como la Era del Desconcierto. Pero claro, es imposible fabular como si nada hubiera pasado en el siglo pasado. En ese sentido, la prosa de Díaz de la Serna realiza un trabajo paródico. Construye una voz paralela a las de épocas pasadas, sin mimetizarse: la escritura del Planisferio tiene diversas fuentes formales –la literatura medieval, el Siglo de Oro, los grafitos pompeyanos o los enciclopedistas– y articula distintos saberes –que provienen lo mismo de la historia que de las ciencias ocultas–, pero no tiene más remedio que ser contemporánea.

 

Escribió Borges, en el epílogo a El hacedor, unas líneas que no por conocidas dejan de ser pertinentes:

 

Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo. A lo largo de los años puebla un espacio con imágenes de provincias, de reinos, de montañas, de bahías, de naves, de islas, de peces, de habitaciones, de instrumentos, de astros, de caballos y de personas. Poco antes de morir, descubre que ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara.

 

No sé si Díaz de la Serna ha trazado su cara en este Planisferio –un retrato completo debería incluir, por ejemplo, el epílogo de la antología batailleana La oscuridad no miente (2001), un texto admirable. Es, tal vez, la cartografía de Noriamula, un pueblo inhallable donde a la gente le gusta contar historias, donde el viejo Nereus y su guacamayo políglota insultan al público, y del que acaso procede la rara imaginación que anima estos relatos.

 

Una versión más amplia de este texto fue leída en la presentación del libro en la Librería Octavio Paz del Fondo de Cultura Económica (DF) el pasado 19 de marzo, junto a Tomás Granados Salinas, Eduardo Milán y el autor.

 

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