16 de agosto de 2017

La Tempestad

También las artes cambian al mundo

03/04/2025

Artes visuales

Enfermedad y síntoma

Por Óscar Benassini | miércoles, 21 de diciembre de 2016

Por un lado La tenebra, montada en el MUCA Roma; por el otro Hípico. Música, caballos y arquitectura: un corrido, en Casa Luis Barragán, como parte del programa Estancia FEMSA. Ambos trabajos germinan de la leyenda del progreso posrevolucionario. En La tenebra nos topamos con un relato sobre la erosión social, como daño colateral del abuso y las torpezas políticas, manifiesto en el paisaje natural; en Hípico acudimos a la eternización de un héroe nacional –redituable– por medio de apariciones musicales fantasmales. La tenebra sucede afuera, en las carreteras de las costas mexicanas, en las comunidades petroleras, en los parques abandonados, en los pastizales de los bisontes americanos, frente a una gasolinera de Pemex; a Hípico lo encontramos adentro, en el interior de una casa momificada.

 

 

Al trabajo de Eduardo Aragón lo define la inconformidad con la actualidad mexicana, el cuestionamiento de las “verdades” históricas y el malestar crónico como reacción al saqueo estructural del país, emprendido por la clase política moderna. Recordemos obras previas como Pesos (2008), Espantapájaros (2009) o Montealbán (2012), que giran en torno a las fricciones del México rural, incómodo para el México moderno, ansioso de regentear el territorio nacional para las maquilas, las mineras y el narco. Las fotos, las estampas y los videos de La tenebra abonan a la interpretación original de Aragón del México contemporáneo; aquí vemos los estragos de los pactos económicos, los caprichos de Plutarco Elías Calles, Gustavo Díaz Ordaz, Luis Echeverría y Felipe Calderón: ese otro país dentro de nuestro país, gestado debajo del agua, pero que ya flota en la superficie. En Matamoros (2009) escuchamos a un burrero que transportaba droga de Oaxaca a Tamaulipas en los ochenta; el relato de Pedro Vázquez, más que un testimonio criminal –o laboral–, es un recorrido por el paisaje mexicano, una road movie, como dice el artista.

 

 

En Hípico Aragón resucita los gustos musicales de Luis Barragán: durante los sábados de noviembre y diciembre tres músicos interpretan en vivo piezas de Manuel M. Ponce, y entre semana se pueden escuchar las grabaciones en los cuartos donde Barragán solía escuchar música: el sonido emana de bocinas ocultas detrás de aparatos reproductores inservibles. Hípico. Música, caballos y arquitectura: un corrido es un homenaje a cierto nacionalismo, al México moderno entendido desde el interior de una hacienda, financiado, precisamente, por una de las empresas insignia del desarrollismo capitalista mexicano (que también patrocina la única bienal del país).

 

 

Dos exposiciones, dos interpretaciones distintas de la misma realidad. Mientras las obras reunidas en La tenebra sacuden el holograma de un México progresista, la intervención en Casa Luis Barragán –ahora una casa embrujada– endulza la permanencia de los hitos oficiales. Con una distancia irónica suficiente es posible distinguir ambas exposiciones como un mismo cuerpo: enfermedad y síntoma. La tenebra permite conocer algunos de los trabajos artísticos más estimulantes del panorama mexicano reciente; Hípico confirma al final que el toque de Midas de los artistas continúa siendo rentable.

 

 

 

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